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No Entiendo Nada – 10 abril 2012

 

Autor: Enrique Avogadro

Tomado de Fundación Atlas

“El origen de nuestra cautividad reside en el hecho de que permitimos reinar en las mentiras”. Jerzy Popieluszco

 

En estos días, como todos sabemos, estamos asistiendo a un curioso fenómeno, que padeció también Carlos Menem en su segunda presidencia, consistente en el rápido deterioro de la imagen de doña Cristina, estimo que por su falta de reacción frente a las calamidades que se abaten sobre la ciudadanía; me refiero a la inseguridad cotidiana, a la inflación galopante y, sobre todo, al crimen de Once.

 

Sin embargo, el título de esta nota obedece a que el cuadro macroeconómico no se asemeja, en nada y por ahora, a aquél en que debió desenvolverse el trágico final de Fernando de la Rúa. Con la soja campando por encima de los quinientos dólares, con el autorizado saqueo a las reservas del Banco Central y con la maquinita en pleno funcionamiento, el Gobierno no debería tener de qué preocuparse, ya que dispondrá de los dólares necesarios para pagar la deuda externa y las importaciones de energía –que, por lo demás, tenderán a disminuir por el enfriamiento de la economía- y de los pesos destinados al pago de subsidios y planes sociales.

 

Todo ello es pan para hoy y hambre para mañana, y hasta un ignorante dogmático como don Patotín Moreno debiera poder percibirlo pero, aún así, la señora Presidente parece querer insistir y mantener este rumbo de colisión que ha impreso al futuro inmediato.

 

Es que, a pesar de la sensación diferente, desde el 10 de diciembre, fecha en que doña Cristina asumió su segundo –o tercero de su familia- mandato, han transcurrido sólo ciento seis días. Ello significa que aún deberá gobernar mil trescientos cincuenta y cuatro días más; si no corrige el derrotero, muchos –yo incluido- sabemos que no concluirá en paz.

 

Entonces, ¿por qué no lo hace? ¿Por qué insiste en aplicar, a las trompadas, recetas que ya han sido probadas en la Argentina, y siempre coronadas por el fracaso? ¿Por qué seguir peleándose con la realidad y con las leyes económicas? ¿Por qué cualquiera que exprese una opinión disonante o diga estas cosas se transforma, automáticamente, en un enemigo al que sólo cabe destruir? ¿Por qué mirar siempre para atrás, a un pasado cada vez más remoto?

 

Tomemos, por ejemplo, la crisis energética. Si bien es cierto, como dicen algunos de mis detractores, que la luz se les cortó pocas veces en sus casas, también lo es que, a contrapelo de los países serios, tanto en materia de energía eléctrica cuanto de gas, Argentina optó por interrumpir el suministro a su industria para no pagar el costo político de afectar a los hogares. Que eso, en Brasil o en otras latitudes menos populistas, sea considerado, básicamente, una estupidez de corto alcance que refleja la actitud de la dirigencia nacional en casi todos los temas.

 

En varias notas, recientes o no, ya he dado mi opinión, y mi información, acerca de las causas de la crisis, imputable sólo a la demencial e interesada política llevada a cabo por don Néstor (q.e.p.d.) y su ahora “morenizado” colaborador, don Julio de Vido. Estos dos señores, y su vocación por lo ajeno –se trate de las acciones de YPF o de los negociados con la importación de fueloil- le han costado al país, en reservas de petróleo equivalente, la escalofriante cifra de trescientos cincuenta mil millones de dólares, y la condición de exportador neto de petróleo.

 

¿Se puede arreglar tamaño desaguisado? Sí, porque se presume que la Argentina tiene enormes reservas de gas y de petróleo que aún no han sido descubiertas porque nadie ha invertido en buscarlas, sea en el territorio continental, sea en el Mar Argentino.

 

Pero, obviamente, la solución no está al final de ese camino tan criminalmente elegido ni se llegará a ella a fuerza de “patoteadas”, de romper contratos o de entregar cada vez más áreas a los amigos del poder, que lo único que saben de petróleo lo aprendieron cargando nafta en sus autos.

 

La única forma de desandar y torcer este destino de decadencia y de importación, en un mundo que cada vez cobra más por el petróleo y el gas que vende, es transmitir, urbi et orbi, que la Argentina es un lugar en el que impera la seguridad jurídica, los planes nacionales de largo alcance y el respeto a los contratos firmados.

 

Los argentinos tenemos en el exterior cantidades de dólares que superan, en mucho, a la deuda externa del país; baste recordar que, en los últimos años, se fueron ochenta mil millones de dólares más. La única razón: la falta de confianza en nuestros gobiernos, en nuestras instituciones y en nuestra Justicia. Y el mundo está plagado de inversores que buscan dónde poner su dinero, pero no están dispuestos traerlos a un lugar en el que es fácil entrar pero –don Patotín y sus antecesores mediante- resulta casi imposible salir.

 

La Argentina necesita, a esta altura tanto como del agua, de esos capitales, propios y extraños. Los necesitamos para buscar petróleo y gas, para poder volver al autoabastecimiento perdido; para evitar que ochenta mil argentinos por año mueran en las destruidas y antiquísimas carreteras nacionales; para contar con un eficiente sistema de transporte público, que permita a los habitantes del Conurbano dejar su automóvil en casa; para tener modernos y equipados hospitales, escuelas y universidades; para crear trabajo genuino en fábricas y empresas de servicios; en fin, para ser una nación moderna y rica.

 

Es claro que, además de planes de largo alcance y de garantías de estabilidad y de seguridad jurídica, se requiere de un clima de libertad comercial, esa que nuestra Constitución dice que es un derecho inalienable de cada argentino y de cada hombre de buena voluntad que decida habitar nuestro suelo. Sobre todo, necesita de una Justicia independiente, preparada, eficiente y rápida, porque deberá ser el principal y primario motor del cambio necesario.

 

Naturalmente, los otros instrumentos, tan indispensable como ese, pasan por contar con estadísticas serias y confiables, y con la reinserción responsable en el mundo globalizado, incluyendo la renegociación –no el innecesario pago- con el Club de Paris y el respeto y la obediencia a las sentencias del CIADI.

 

Lo que más se me hace difícil entender es qué busca, o que espera, doña Cristina del futuro. ¿Pretenderá, seriamente, convertir a nuestro país en una monarquía, en la cual la suceda en el trono su hijo Máximo? Me parece, porque la considero al menos una persona despierta, que sabe que sería una ilusión inalcanzable.

 

Y, si eso no es así, ¿por qué actúa como lo hace? Su difunto marido y ella han acumulado una fortuna inconmensurable, que resistirá que los testaferros nieguen los pactos preexistentes y que le permitirá vivir con más que comodidad en el lugar del mundo que elija. Entonces, ¿por qué nos odia tanto a todos y a todas?

 

Si corrige el rumbo, si comienza a gobernar como debe, seguramente olvidaremos muchos de los latrocinios cometidos, cuando menos los de ella y su familia directa, aunque sus funcionarios –y sus cómplices privados- deban enfrentar el natural periplo por los estrados judiciales. Don Carlos Menem puede explicarle y recordarle cómo nos portamos como sociedad.

 

Seguramente, además, y está a tiempo para ello, pasaría a integrar el altar de la Patria, y su gobierno sería recordado por lo bueno que habrá hecho a partir de ahora, ganándose el bronce al que aspira todo bien nacido.

 

En cambio si, como parece, nos deja el país convertido en un páramo sin futuro y sin esperanza, no solamente nos obligará a perseguirla por el mundo entero sino que recibirá una repulsa similar a la que hoy se ha hecho acreedor don Menem, especialmente después de traicionar a quien fuera para lograr seguir en libertad.

 

Por eso, esta nota se trata de un llamado a la reflexión presidencial. Doña Cristina dispone de los medios para alterar este camino de decadencia y pasar a la historia grande. Ella sabrá qué prefiere, y los argentinos sabremos pagarle con la misma moneda.

 

Una recomendación final: no dejen de leer “Montoneros: soldados de Massera”, de Carlos Monfroni, del cual he tomado la cita que encabeza este artículo. Me parece un libro no solamente apasionante sino indispensable para entender un poco qué pasó realmente en la Argentina, en especial por la manía patológica de los Kirchner de traer al presente, tergiversado, un pasado nefasto.

 

Bs. As., 25 Mar 12

 

 

 
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