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El modelo antiexportador - 2-5-06

por Agustín A. Monteverde*

Publicado en Ambito Financiero


En la Argentina se ha desarrollado un mito según el cual hoy gozamos de los beneficios de una política económica activa, que promueve la exportación, basada en el sostenimiento —artificial— de un tipo de cambio alto, que asegura la competitividad de nuestros productos.

Algunos venimos señalando desde largo que la política de dólar alto —o lo que es lo mismo, de peso débil— poco tiene que ver con el declamado aliento a nuestras exportaciones sino que en todo caso viene a dar sustento al otro componente esencial —y bien ortodoxo— del modelo: una caja holgada que, amén de preservarlo de peligrosas crisis fiscales, provea al gobierno de la mágica chequera desde la cual asegurarse el dominio de la escena política. Quienes así pensamos sostenemos que el dólar alto fue la excusa “progre” para implementar una severísima política de ajuste del gasto estatal que dejaría verdes de envidia a los más odiosos economistas neoliberales. La fórmula es simple: ingresos ajustados por inflación (IVA, Ganancias) y en “dólares fuertes” (retenciones) vs. salarios estatales congelados en “pesos débiles”.

En lo que sigue intentaré ilustrar por qué el artificio del tipo de cambio alto constituye exclusivamente una política impositiva, en la que poco tiene que ver el desarrollo exportador —e incluso, la sustitución de importaciones.

Hechos.

Pasados ya más de cuatro años de la devaluación del peso, los hechos hablan con elocuencia: si no se es competitivo en costo y en calidad, no hay “tipo de cambio competitivo” que valga.

· Pese a la formidable brecha cambiaria a nuestro favor, el déficit bilateral con Brasil sumó U$ 859 MM en el primer trimestre, 32,2 % mayor al del mismo período de 2005.

· Llevamos 33 meses consecutivos de déficit bilateral creciente, período en el cual la moneda brasileña hizo el camino inverso al nuestro, con una incesante revaluación. Las exportaciones brasileñas aumentaron en ese tiempo a un ritmo que duplicó el crecimiento de las nuestras.

· La balanza comercial total de Brasil tuvo en marzo un superávit 10 % mayor al mismo mes del año pasado mientras que en la nuestra el saldo positivo se reduce a un ritmo de 6 % anual.

· En febrero, el total de nuestras exportaciones creció 17 % interanual mientras que nuestras importaciones aumentaron 25 %. Pero si atendemos los incrementos de las cantidades transadas, la situación es alarmante: 5 % aumentaron las cantidades vendidas al exterior contra 22 % las importadas.

· Las manufacturas industriales —beneficiarias por excelencia del dólar alto, ya que tienen la mayoría de sus costos pesificados, no sufren retenciones y perciben reintegros— representan sólo el 28 % de nuestras exportaciones y tuvieron un pobre crecimiento interanual de 4 % en cantidades vendidas.

· En cambio, nuestras ventas de manufacturas agropecuarias —fuertemente castigadas con retenciones, pero con concretas ventajas competitivas— aumentaron 16 % en cantidades. Y junto a los productos primarios explican el 54 % de nuestras exportaciones.

· A aquél que se pregunte si el ritmo importador obedece a una vertiginosa —e improbable— aceleración de la inversión, cabe aclarar que el crecimiento de las compras de bienes de consumo aventaja con holgura al de las de bienes de capital.



Los riesgos de ser competitivo

Estos números ameritan que pongamos en duda la eficacia competitiva de subsidiar el dólar. A cambio, podemos señalar dos consecuencias inmediatas e indeseadas —pero inevitables— de sostener ese artificio: a) se encarecen los precios de productos importados y exportables, y b) al llevar los activos en el país a valores de ganga, se pone a las compañías locales en riesgo de adquisición.

Pero si el objetivo —al menos declamado— es exportar, podríamos echar un vistazo sobre otros aspectos que forman parte o inciden en la política comercial.

Primeramente, es claro que la política comercial está hoy subordinada al control de los precios internos.

Aplicando una visión irrealista y bifronte, absolutamente ignorante de lo que significan los costos de oportunidad, se espera que el empresario renuncie a ganar en el mercado externo para vender a mal precio en el interno.

Las retenciones son usadas como herramienta para docilizar exportadores, al recortar los ingresos que pueden esperar por exportar, de forma de desalentar las ventas externas y hacerlas equivalentes a las ventas locales (al precio que arbitrariamente desde un despacho oficial se ha fijado como “aceptable”). Y si con eso no alcanza, se prohibe exportar, y listo.

En el mundo existen países que aplican antieconómicas políticas proteccionistas para subsidiar sectores harto improductivos. Es cierto. Pero a ningún país se le ocurre aplicar castigos a sus sectores competitivos. Salvo Argentina, que a la par subsidia a los ineficientes.

¿Es, acaso, prohibiendo exportaciones, ahogando sectores competitivos y perdiendo mercados que se recompone el ingreso per cápita? Es obvio que no. Con esta estrategia no solo se desalienta la inversión —las ganancias esperadas son lo que impulsa a arriesgar más capital en un negocio— sino que se deprime la producción —escasos márgenes estimulan el abandono o cambio de una actividad por otra.

Mientras se pretenda que los empresarios operen en el mercado local a puro altruismo y en el externo a pura rentabilidad, el modelo no será ni pro–exportador ni pro–negocio Es por ello que adjetivar como activa la actual política económica ya aparece, como mínimo, osado por cuanto ésta sólo se reduciría en el mejor de los casos a alentar la sustitución de importaciones.

Pero subsidiando sectores ineficientes vía dólar alto no alteramos su real (falta de) competitividad frente a pares extranjeros. Las importaciones de productos textiles —arquetípicos beneficiarios del modelo sustitutivo— treparon 117 % interanual en enero. Las provenientes de Brasil crecieron 82 %; las de China, 421 %.

Más aún, la política oficial genera en importantes sectores un proceso de “sustitución inversa”. El caso emblemático, es el de la energía. En este área, que durante los “malditos ’90” a fuerza de inversiones habíamos logrado ser particularmente competitivos, la concepción bifronte nos llevó a sustituir exportaciones (a Chile, Brasil y Uruguay) por importaciones (de Bolivia, Venezuela y Brasil).

Y es en este tan maltratado sector donde hemos asistido a verdaderas exhibiciones de nacionalismo, pero al revés. Considérese lo ocurrido con el gas que compramos a Bolivia, cuyo precio es casi tres veces —y en seguro ascenso— el que pagamos por gas argentino. La actitud oficial es similar en el caso de la electricidad: pagamos a Brasil el triple que lo que se le tolera a nuestras generadoras.



¿Hay una política comercial?

Es así que la actual política económica tiene un corazón nada heterodoxo, netamente fiscalista; el dólar alto no ha tenido mayor impacto en la evolución y composición de las exportaciones pero sí permitió efectuar un draconiano ajuste del gasto que —disimulado bajo la forma de devaluación— eludió la reacción de los sectores sociales perjudicados.

No es una política pro-exportadora, ni siquiera pro-sustitutiva. Gobernada por las urgencias de los precios domésticos, poblada de retenciones, suspensiones, registros especiales, e incluso prohibiciones, con casos paradojales de sustitución inversa, bien vale calificarla como anti-exportadora. No disparó las exportaciones, no impulsó la participación de los productos industriales, no detuvo las importaciones, ni inclinó a nuestro favor ninguna balanza bilateral. Por el contrario, nuestras compras crecen una vez y media más rápido que lo que vendemos; y, pese a la incesante desvalorización del peso frente al real, el déficit con Brasil se agiganta sin pausa (mientras que con el peso convertible teníamos superávit).

Pero si examinamos algunas otras realidades de nuestro comercio exterior, no cabe ya cuestionar el rumbo, si no más bien preguntarse si tenemos alguna política comercial.

· La UE —ese bloque tan vituperado por su cerrado proteccionismo— se convirtió en febrero en nuestro primer comprador y superó así al MERCOSUR —bloque aduanero al que por pertenecer abrimos nuestro mercado a cambio de facilidades de acceso que supuestamente nos brinda. El valor promedio de nuestras ventas a Europa es también muy superior al precio promedio de nuestras exportaciones a Brasil.

· Donde sí cuentan las condiciones diferenciales que brindamos al MERCOSUR es a la hora de importar: es nuestro principal proveedor, duplicando nuestras compras a la UE y al NAFTA, y único de nuestros grandes clientes con el que tenemos un saldo comercial negativo.

· El MERCOSUR ha devenido en una zona de comercio administrado, escenario de permanentes tironeos entre sus socios mayores mientras que los más chicos —Uruguay y Paraguay— buscan ya indisimuladamente fugar hacia el NAFTA.

· En estas condiciones, cabe preguntarse: si ya hoy es nuestro principal cliente, ¿cuánto se multiplicarían nuestras ventas si negociáramos un acuerdo de libre comercio con la UE (obstaculizado por Brasil)? ¿No sería preferible comprar bienes de capital (hoy casi todos provenientes de Brasil) con estándares de calidad europeos?

· Pero la UE ha venido señalando que, antes de solicitar disminuciones arancelarias y de subsidios a la producción, Argentina debiera comenzar por no castigar sus exportaciones con retenciones y otras trabas.

· Las ventas a Chile equivalen a dos tercios de lo que exportamos a todos los países del MERCOSUR. ¿Qué esperamos para darle a esta relación comercial el lugar de privilegio que merece?

· Los productos primarios, las manufacturas agropecuarias y los combustibles y energía representan casi tres cuartas partes de nuestras ventas. En lugar de despreciar y castigar permanentemente esas exportaciones que nos dan de comer, ¿no sería más inteligente diseñar una política seria y estable de desarrollo comercial en los clusters de negocios en que somos indudablemente competitivos? ¿No es insensato matar la gallina de los huevos de oro?

· Si no se computasen las exportaciones de combustibles y energía —18 % del total, pero en franco proceso de disminución— este año nuestro superávit comercial se reduciría a una cuarta parte. Esto muestra una gran vulnerabilidad de nuestra balanza comercial a la crisis energética ocasionada por el congelamiento tarifario.

Ni la política exterior en general, ni la comercial en particular, se pueden edificar sobre dogmas o prejuicios ajenos a la realidad de nuestros concretos intereses. Basta de cantinelas ¡y a los hechos por favor!
 
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