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En camisa de once varas - 17-10-06

BUENOS AIRES, oct 15 (DyN) -

La Historia demuestra que, a la larga o a la corta, los pasos incorrectos terminan haciendo pagar el precio a quien los da, y hoy, el Gobierno parece estar afrontando esa encrucijada, no en uno, sino en varios frentes: quedó atrapado en varias de sus propias trampas.

La semana que pasó fue una especie de compendio ilustrado de que la inmunidad, aunque se cree eterna, no existe.

Varios conflictos en avance progresivo así lo demuestran, si no, se puede tomar como ejemplo uno de los casos, el de las papeleras.

El presidente Néstor Kirchner y su par uruguayo Tabaré Vázquez jamás se reunieron a discutir el problema cuando éste aún estaba en ciernes.

En el país vecino se celebraba con bombos y platillos la instalación de dos gigantescas pasteras internacionales, que darían un salto al crecimiento del empleo en el país y también al de su economía.

De esta orilla, el proyecto encendió la alarma por sus posibilidades de contaminar el río Uruguay, a cuyas orillas se levantarían los monstruos fabricantes de celulosa.

Los gobiernos de los dos países miraron hacia otro lado. Vázquez, disfrutando de los laureles del éxito; Kirchner, tal vez distraído, pensando en otras cosas más urgentes para él, como la construcción de poder político que le garantice un nuevo período de su mismo color.

Así, el Estado argentino dejó hacer. Comenzaron a sucederse los cortes de ruta organizados por ambientalistas entrerrianos, desesperados por la falta de contención de su propio Gobierno.

Durante ochenta días interrumpieron el tránsito entre la Argentina y Uruguay y en todo ese tiempo, no se oyeron palabras, ni a favor ni en contra, del Presidente.

Hasta que finalmente Kirchner advirtió el fenómeno: tal vez imaginando que le venía bien a su carrera proselitista montarse en un reclamo del que, estaba claro, participaban decenas de miles de almas, organizó un mega acto en el corsódromo de Gualeguaychú, arrastrando tras de sí a gobernadores, ministros, autoridades militares y dirigentes sociales, para respaldar los actos de los ambientalistas.

Anunció además, seguro del triunfo, que haría planteos internacionales ante la Corte Internacional de La Haya y ante el Banco Mundial para que los proyectos de las plantas de celulosa quedaran sólo en papeles, que luego él se daría el gusto de ver quemándose.

Mal cálculo: Argentina perdió en ambos organismos internacionales, que le dieron la razón al Uruguay.

Y ahora, tarde, demasiado tarde, Kirchner intenta dar vuelta todo como un guante y envía a la sufrida secretaria de Medio Ambiente, Romina Picolotti, antes defensora de los ambientalistas, a pedirles públicamente que desistan de los cortes. Obvio, no le hicieron caso.

Dejar hacer, aprovechar el "momento" para sumar simpatías, y olvidar el papel que debe desempeñar el Estado en conflictos internacionales, es un precio alto que todavía no está fijado en cifras, pero que el Gobierno ya sabe que debe abonar.

En el caso del escandaloso conflicto en el hospital Francés pasó algo similar, aunque en menor escala, porque se redujo al "chiquitaje" de la compulsa interna política que el Gobierno no deja de pisar, aunque esté llena de barro, como si de allí saliera inmaculado.

La decisión de no se sabe quién, probablemente el interventor en ese hospital privado y en quiebra, José Luis Salvatierra, de convocar a un grupo de patoteros para disolver por la fuerza un largo conflicto gremial, no hubiera pasado de la cesantía del interventor y de la detención de los revoltosos, si no fuera que la patita de la ambición política también se metió allí y golpeó de lleno en el corazón del kirchnerismo.

Uno de los patoteros líderes de la agresión que se vivió la semana pasada en el hospital, Sergio Muhamad, fue enfocado -desafortunadamente para el poder político- por las cámaras de un canal de televisión: lo mostró al gigante barrabrava nada menos que quitándole de un golpe certero de mano la gorra a un policía, el cual, lejos de detenerlo, como era su obligación, agachó la cabeza, recuperó su gorro y se alejó rápidamente de la escena.

Luego, la difusión por un diario de una foto en la que Muhamad aparecía abrazando a Kirchner y éste sonriendo, fue la gota que rebalsó el vaso, sin contar que el nombre del patotero se vio en la página de internet de los Jóvenes K, que tarde lo borraron de la web, porque ya había sido leído por muchos.

Resultó ser que Muhamad no sólo era uno de los Jóvenes K, que tienen como referente político al jefe de Gabinete, Alberto Fernández, sino que encima tenía un puesto en el gobierno porteño, en el que había sido designado por Aníbal Ibarra.

El actual jefe Jorge Telerman lo despidió sin más, pero el Gobierno no se atrevió a hacer lo mismo con Salvatierra: lo dejaron a un costado, pero sin desafectarlo del hospital Francés.

¿Qué tributo habrá pagado Salvatierra al poder K si éste no se atrevió a removerlo del todo, después de que él mismo haya admitido que convocó a los patoteros para que le "den una mano" en la crisis sindical?

Kirchner tiene la habilidad de salir airoso de la mayoría de los conflictos, pero de los dos antes mencionados, para lograrlo, tendrá que exprimir al máximo su imaginación, porque quedó encorsetado en una camisa de once varas.

Sin embargo, en el caso del Mausoleo de Perón sí logró imponer su estilo de subirse al caballo de esfuerzos ajenos.

Hace un par de años, cuando el ex presidente Eduardo Duhalde y varios dirigentes históricos del peronismo, como Antonio Cafiero, se reunieron para definir el proyecto de trasladar los restos de Juan Domingo Perón a un mausoleo que se construiría al efecto en la histórica Quinta de San Vicente, Kirchner viajaba a Nueva York.

Durante las jornadas en que estuvo en la Gran Manzana, Kirchner no perdió oportunidad de divertirse con sus colaboradores refiriéndose a Duhalde y sus compañeros de proyecto como "el Grupo Mausoleo".

Quería significar -parecía al menos entonces- que el Presidente se reía de aquellos que querían rescatar de las cenizas -o los huesos- del pasado remoto imágenes emblemáticas nada más que para recuperar el poder perdido.

Pues bien, dos años más tarde, es el propio Presidente el que aparecerá encabezando al "Grupo Mausoleo" que tantas sonrisas pícaras le había generado.

Y Duhalde, el promotor primigenio del proyecto, no estará el martes, cuando en una larguísima ceremonia fúnebre se trasladarán los restos de Perón desde el cementerio de la Chacarita a la CGT, y de allí hasta San Vicente.

Kirchner convocó a miles de simpatizantes a participar de este acto, que será original en lo que va de su gestión: será la primera vez en la que intentará mostrarse como líder del peronismo, no ya únicamente del kirchnerismo.

No está mal, teniendo en cuenta que hay que seguir sumando voluntades cuando se entró en la cuenta regresiva de las elecciones.

Pero tantos traspiés, tantas contradicciones, tanta labilidad para afrontar cuestiones graves de Estado, no resultan gratuitas, aunque hoy por hoy Kirchner, que estalla de ira ante la menor crítica, sigue gozando del favor de la opinión pública, ajena, seguramente, a "anécdotas" que no debiera desdeñar, ya que desnudan ambiciones sectoriales que en etapas recientes de la historia argentina fueron repudiadas por la ciudadanía.

 
 
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