Usuario
Contraseña USUARIO NUEVO
Usuario :    Duhalde, Techint y la UIA mataron la Convertibilidad hace 5 . . .
 
 
 
Duhalde, Techint y la UIA mataron la Convertibilidad hace 5 años pero... cómo se extraña...
POR ALDO ABRAM
 
La Convertibilidad podría haberse mejorado pero nunca asesinado. Sin embargo, el golpe de Estado de diciembre de 2001 logró que en enero de 2002 se terminara con la Convertibilidad, que no era el tipo de cambio fijo aunque se confundiera una cosa con otra. La Argentina no volvió a ser la misma, pese a los esfuerzos de Néstor Kirchner, y a medida que la inflación aumenta más se extraña aquellos días cuando había una moneda doméstica confiable.
 
 
CIUDAD DE BUENOS AIRES (Exante). A principios de enero de 2007 se cumplirán 5 años de la salida de la Convertibilidad. A la distancia resulta recomendable estudiar que pasó, para ver que lecciones podemos sacar.
 
Para ello, sirva esta crónica y análisis de lo sucedido.
 
Lamentablemente, los argentinos nunca pudimos abandonar las recetas mágicas y dejar de pensar que con un determinado sistema cambiario o alguna política económica más o menos coherente se podrían curar todos los males del país. Esta vez, tampoco fue así y la Convertibilidad sirvió solamente para sanar el problema más acuciante que tenía el país en el momento de su implementación: la hiperinflación.
 
Hay que recordar que entre 1989 y 1990, el país vivió 3 hiperinflaciones y a principios de 1991 amagaba enfrentar la 4ta. ¿Qué es una hiperinflación?
 
Muchos piensan que sucede cuando un gobierno emite muchos más pesos que lo que la gente quiere y eso hace subir todos los precios que se miden con esta unidad de cuenta que pierde valor. No es así.
 
Las "hiper" aparecen cuando, durante mucho tiempo, los gobiernos hacen abuso de la inflación alta como forma de financiamiento (siendo éste el impuesto más regresivo). En algún momento la gente se cansa de que la estafen y reconoce que la moneda local ha perdido toda utilidad como unidad de cuenta (no se pueden comparar precios constantemente en alza), reserva de valor (cada vez lo atesorado vale menos) y medio de pago (es sustituida por otras monedas en cada vez más operaciones).
 
Por lo tanto, la deja de demandar o se deshace rápidamente de ella, como pasaría con cualquier producto que ya no satisface sus necesidades. Esto hace que baje su valor, pero al achicarse el “metro” con el que se valúan todos los bienes y servicios de la economía, sus precios tienden a subir.
 
En un verdadero círculo vicioso, esto hace que el deseo de tener la moneda nacional tienda a cero y los precios a infinito. Es decir estalla la hiperinflación.
 
A finales de 1990 y luego de unos 8 meses de estabilidad, el tipo de cambio volvió a escalar cuando el Banco Central (dirigido en ese entonces por el  Dr. Javier  González  Fraga ) y el Ministerio de Economía (a cargo del Lic. Erman González) decidieron financiar a provincias que tenían dificultades para enfrentar los pagos de sueldos y a bancos provinciales quebrados con una creciente emisión de pesos que la gente no quería. El inicio de la crisis los obligó a renunciar y asumió como Ministro de Economía el Dr. Domingo Cavallo.
 
En un par de meses, el valor del dólar se había duplicado y llegaba a 10.000 australes. El nuevo Ministro decidió ganarse la confianza de los mercados y ciudadanos asegurándoles que el Banco Central defendería esa paridad como techo. Sin embargo, no era la primera vez que desde un gobierno se aseguraba: “El que apuesta al dólar, pierde”.
 
Por lo tanto, la incredulidad primó y el Banco Central debió enfrentar una corrida cambiaria y, con una fuerte y sorpresiva venta de divisas, logró frenarla en los famosos A$ 10.000 por dólar. Esto le ganó cierta credibilidad, pero no la suficiente como para revertir la desconfianza en la moneda local.
 
Fue allí que surgió la idea. Para estabilizar un país es condición necesaria contar con una moneda confiable. Si la gente no creía en el peso, ¿en qué moneda sí lo hacía? Desde los más pobres hasta los más ricos buscaban refugio en el dólar para resguardar el poder de compra de sus ingresos y ahorros. Pues, entonces, había que darle a la gente, lo que la gente quería. Eso se llamó “Convertibilidad”.
 
En pocas palabras, por ley se le garantizó a los ciudadanos que cada 10.000 australes = 1 peso que tenía en el bolsillo, el Banco Central le guardaría un dólar que el podría pasar a canjear cuando quisiera.
 
Por lo tanto, la demanda de pesos aumentó fuertemente en la medida que la gente se fue convenciendo de que esto se cumplía y, así, el país se estabilizó.
 
Sin embargo, 10 años y 9 meses después de sancionada la famosa Ley de Convertibilidad se la abandonaba en medio de una gran crisis. ¿Qué fue lo que falló? Revisemos algunos argumentos:
 
“La paridad del peso con la que nació la Convertibilidad estaba sobrevaluada”
 
El argumento viene a cuento por la fuerte suba de precios posterior al inicio del tipo de cambio fijo. Sin embargo, no tiene en cuenta que, entre noviembre y enero, el dólar subió casi un 100%.
 
Por lo tanto, en primer lugar se recuperaron los precios de las exportaciones y, cabe recordar, que en esa época no se impusieron retenciones ni restricciones a las exportaciones para moderar el alza. También, subieron los bienes sustitutivos de importaciones y se trató de limitar la suba con una política de comercio exterior aperturista que amplió la competencia externa, lo que moderó la transferencia de ingresos desde los consumidores a los productores de esos productos.
 
Con el tiempo y en la medida que la economía recuperaba los máximos de demanda y producción previos a la crisis de 1989-1990, los precios de los bienes y servicios no comercializables internacionalmente, también, se tendieron a recuperar.
 
Cabe aclarar que al inicio fue necesario incentivar una gran inversión en este sector debido a que, durante años, había sido postergado por un consumo inexistente, ya que la hasta entonces persistente fuga de capitales se hizo a costa del gasto doméstico. Una vez superada la crisis, la demanda interna se recuperó y los sectores que dependían de éste tuvieron un fuerte aumento de sus precios y posteriormente, en la medida que la oferta empezó a aumentar por la inversión, volvieron a niveles razonables.
 
Una vez alcanzados los niveles de equilibrio correspondientes a una economía estable, la inflación tendió a ser similar a la internacional. Por lo tanto, no existió tal cosa como un “atraso cambiario” aunque, como veremos después, una política fiscal laxa pudo haber generado un exceso de gasto interno que es insostenible en el tiempo y que tendió a disminuir artificialmente por un tiempo el tipo de cambio real. Si a este desequilibrio en las cuentas públicas no se lo enfrenta a tiempo, lleva a fuertes crisis con enormes contracciones de la demanda doméstica.
 
“La convertibilidad le quitó competitividad a la economía y a las exportaciones”
 
La mejor forma de medir si las políticas aplicadas en un período son pro-exportadoras es ver la evolución de las exportaciones respecto al PBI (ambas en término de cantidades).
 
Históricamente, la forma de mejorar la performance exportadora fueron las fuertes devaluaciones. Sin embargo, si miramos el gráfico I, vemos que los saltos del tipo de cambio real producen aumentos poco durables de las exportaciones, como sucedió en la última devaluación de 2002.
 
Esto es así porque la ganancia en competitividad que produce el aumento del tipo de cambio real es artificial y finita; ya que se diluye en la medida que este último vuelve a niveles normales y más bajos.
 
¿Cuándo se ve un aumento perdurable en el porcentaje de participación de las ventas externas respecto al total producido en el país? En el período 1993-2001, justo cuando se da un tipo de cambio real 'planchado' y bajo.
 
Ello no es casualidad; ya que la estabilidad permite planificar y, por ende, invertir; lo cual genera un aumento de la competitividad permanente en el tiempo.
 
Si analizamos la relación entre las exportaciones y las inversiones realizadas entre 2 y 4 años antes, vemos que existe una gran dependencia positiva. Lo cual es lógico; ya que estas últimas generan aumento de la eficiencia y, por lo tanto, de la competitividad, permitiendo aumentar nuestras ventas externas. Es más, las más beneficiadas por este proceso son las colocaciones de origen industrial; ya que es el sector menos competitivo de la Argentina y es, por ende, dónde la inversión genera las mayores ganancias en productividad.
 
La evolución de las exportaciones en términos de dólares corrientes, durante el período 1999-2001, no fue buena. Sin embargo, si la analizamos en términos de cantidades veremos que crecía a una velocidad similar a la que está creciendo ahora, una vez superado el impacto artificial y finito del fuerte aumento del tipo de cambio real de principios de 2002. Por lo tanto, la mala performance previa a la crisis se debió a precios internacionales que caían y no a un supuesto atraso del tipo de cambio.
 
Lo más triste es que, a partir de mediados de 2002, los precios de nuestras ventas externas se recuperaron fuertemente y más que aquellos que compramos al mundo y no estamos aprovechando este auge de la demanda externa de nuestros productos para generar un verdadero 'boom' exportador.
 
Entonces, si no son validos los anteriores argumentos para la caída de la Convertibilidad, ¿cómo se explica?
 
“La palabra crédito viene de la palabra credibilidad”
 
Los argentinos pensamos que con la Convertibilidad solucionábamos todos los problemas. Sin embargo, no pudimos resolver la irresponsabilidad fiscal de nuestros políticos, solamente logramos que cambiaran su forma de financiamiento. Cuándo los gobiernos no pudieron gastar de más usando al Banco Central para que les diera los recursos a costa de elevados índices de inflación, empezaron a endeudarse.
 
Los déficits fiscales fueron una constante durante los ´90 y la deuda pública tendió a crecer rápidamente, a pesar de los recursos provistos por las privatizaciones. Es cierto que en esos años se reconocieron pasivos que el gobierno anterior desconoció y, por lo tanto, 'miopemente' no contabilizó; pero que legalmente existían.
 
Sin embargo, los desequilibrios del sector público continuaron y se agudizaron con la entrada en vigencia del sistema previsional de capitalización a mediados de 1994.
 
Cabe aclarar que el sistema de capitalización implicó reconocer que el sistema de reparto generaba un endeudamiento escondido. Un aporte al régimen del Estado (reparto) es comparable a comprar un título público que empezará a pagar vencimientos de cupones el día en que el aportante se jubile y deba cobrar su pasividad.
 
Es decir, era esperable que la baja de los ingresos del Estado trajera alguna mayor necesidad de endeudamiento; pero era una simple explicitación de algo que antes se escondía. El verdadero problema fue que el gobierno, posteriormente, no hizo el esfuerzo suficiente para reducir los gastos y disminuir en el tiempo el desfinanciamiento que generó este cambio en la política de endeudamiento.
 
De esta forma, la deuda pública del Estado Nacional llegó a superar el 50% del PBI.
 
Si bien el nivel no era elevado y excesivamente peligroso, su tasa de crecimiento sí lo era. A fines de 1999, cambia el gobierno y asume el támdem De la Rúa-Álvarez, apoyado por una Alianza de partidos opositores. Las expectativas puesta por los ciudadanos en la gestión de este gobierno pronto se diluyeron. Hacia el segundo trimestre de 2000, crecía la percepción de que carecía de ejecutividad y del apoyo necesario de los partidos que lo sustentaban como para resolver los problemas existentes y sacar al país de la recesión.
 
La confianza en el gobierno cayó y, con ella, el consumo y la inversión que se sustentan en expectativas favorables sobre el futuro. Por lo tanto, la caída de la demanda interna, que absorbía más del 85% de los bienes y servicios producidos en el país, continuó profundizando la recesión.
 
En el 4to. trimestre de dicho año estalla la Alianza, el vicepresidente Carlos Álvarez renuncia y saca a sus seguidores (FREPASO) del gobierno. La credibilidad del gobierno cayó a 0 y, con ella, el crédito para el Estado comenzó a desaparecer. A partir de allí, el temor al default de la Argentina empezó a dominar. No tanto por el alto nivel de deuda, sino porque aunque uno deba un dólar, si no lo tiene y nadie se lo quiere prestar, quebró.
 
A principios de 2001 y para recomponer la credibilidad perdida, el gobierno de De la Rúa intentó un cambio de Ministro de Economía. Colocó al Dr. Ricardo López Murphy en dicho cargo apostando a la fuerte confianza que despertaba entre los inversores. Sin embargo, luego se negó a apoyar el duro plan de ajuste con el que pretendió revertir el persistente proceso de endeudamiento y recuperar la credibilidad perdida. Tras un par de semanas de intenso desgaste, la falta de apoyo del radicalismo y del Presidente, lo obligó a renunciar.
 
En su lugar, asumió el Dr. Domingo Cavallo, ideólogo de la Convertibilidad.
 
La apuesta era triple; ya que si le había dado vida a la 'criatura', quizás podía ahora salvarla. Por otro lado, en las elecciones anteriores, el partido que lideraba el nuevo Ministro había logrado un alto consenso, por lo que permitía sumar poder político. Por último, el Dr. Cavallo había ganado un gran prestigio como 'piloto de tormentas' durante su anterior gestión, por lo que sumaba credibilidad.
 
Al principio, pareció que las cosas salían bien y la percepción de riesgo de los inversores empezó a caer.
 
El primer traspié del nuevo Ministro de Economía fue enfrentarse con el Presidente del Banco Central, Pedro Pou y querer avanzar sobre la independencia de esta institución. Al no lograrlo, embistió contra sus autoridades y logró desplazar a su Presidente y, luego, al Vicepresidente Martín Lagos, que había asumido el cargo en reemplazo del anterior. Esta jugada dejó la percepción de que se necesitaba contar con un Banco Central sumiso para financiar al Estado o para desmantelar la Convertibilidad.
 
Pronto quedó en claro que 'el padre de la criatura' consideraba que esta tenía que “madurar” en otra cosa. Avanzó con la aprobación de la Convertibilidad Ampliada que significaba que, cuando la moneda única europea cotizara uno a uno con la estadounidense, el peso estaría avalado por medio euro y medio dólar.
 
Esto tenía un par de problemas muy graves. El primero era que la percepción generalizada consideraba que el peso estaba muy apreciado, porque estaba pegado a un dólar que había aumentado su valor. Para que el precio de la moneda estadounidense se igualara con el euro, este último tenía que subir y nada indicaba que al llegar a su mismo valor dejaría de apreciarse.
 
Por lo tanto, probablemente, al producirse el cambio a la canasta de monedas, el peso se apreciaría aún más.
 
Sin embargo, el más serio de todos los inconvenientes fue que la gente demandaba cada peso porque consideraba que el Banco Central le estaba guardando un dólar, la moneda en la que realmente confiaba, para cuando necesitara canjeárselo. No querían euros que, no solamente no sabían que era, sino que ni siquiera existían en Europa, donde sólo era una unidad de cuenta.
 
Un grueso error que hizo que, en forma creciente, la gente decidiera pedirle a la autoridad monetaria su dólar y devolver los pesos que tenía en el bolsillo y en los depósitos bancarios.
 
A partir de allí, la credibilidad del Ministro Cavallo se terminó de diluir y empezaron las medidas de emergencia para salvar su gestión. En este sentido, instrumentó el factor de Convergencia y la Ley de Déficit Cero. Ésta prometía que el gasto siempre igualaría los ingresos y que se realizarían los recortes necesarios para que así fuera, incluso en los salarios públicos y en las pasividades.
 
Una medida extrema que no servía para mucho; ya que no apuntaba al problema de fondo. ¿Cuál era? La gente consideraba que el gobierno no tenía ninguna capacidad de gestión ni de resolver problemas. Las mayores resistencias legislativas las tenía con su propia bancada y no con la oposición. Su credibilidad tendía nuevamente a 0 y con ella su crédito, potenciando la probabilidad de una cesación de pagos.
 
Este era el panorama a mediados de 2001, cuando desde la Consultora EXANTE empezamos a predicar que la única forma en que el Presidente De la Rúa podría serlo hasta fin de año era reflotando la gobernabilidad. A esa altura, había un solo camino para lograrlo, un acuerdo político con la principal oposición, el Justicialismo, en el que se comprometieran a apoyar ciertas reformas básicas.
 
¿Por qué suponíamos que el gobierno no llegaría hasta fin de año? La gente sentía que cada vez estaba peor. Si en ese marco uno los convence de que el futuro será mejor, la situación resulta manejable; ya que el argentino medio no es violento. Sin embargo, si uno lo único que le muestra es que su situación empeorará por los siguientes dos años, está a un paso del caos. Ese era el escenario con un gobierno que todo el mundo consideraba que no tenía capacidad de gestión y, por ende, de sacarnos de la decadencia.
 
La dirigencia empresaria asumió esta posición en forma generalizada y el gobierno intentó esquivar el acuerdo de la oposición intentando hacerlo con el empresariado. Sin embargo, pronto fue claro que los empresarios no podían sumar poder político al Ejecutivo Nacional y que eso solamente podía surgir de la dirigencia política. Parte del Justicialismo, la que dominaba entonces el partido, decidió avanzar en el acuerdo de gobernabilidad. Su presidente, Carlos Menem, visitó al Presidente de la Nación en la Casa Rosada y le ofreció poner a trabajar a los técnicos en pos de los puntos que se acordaría apoyar.
 
Lamentablemente, dentro del gobierno primó la desconfianza. Quizás creyeron que toda esta "movida" terminaría mermando sus posibilidades de lograr la reelección en el 2004 y no se daban cuenta que sin ella difícilmente terminarían el 2001. La realidad es que hasta último momento dilataron el llamado a la oposición para negociar su apoyo.
 
En tanto, la fuga del peso y de los depósitos en el sistema financiero se incrementaba. El antecedente de la confiscación de depósitos de finales de 1989 (Plan Bonex) que fue avalado por la Corte Suprema de entonces, hacía desconfiar de la posibilidad de que los políticos los expropiaran para hacer frente a la potencial cesación de pagos. La respuesta fue sancionar en el Congreso la Ley de Intangibilidad de los depósitos que luego sería avasallada inconstitucionalmente en 2002.
 
El Ministerio de Economía intentó reordenar la deuda con el “megacanje interno” y con uno, posterior y que nunca llegó a implementarse, externo. El primero implicó para los que entregaron sus papeles de deuda resignar tasa de interés y plazo, para recibir unos préstamos garantizados por la recaudación a un término más largo. En principio, la aceptación fue buena.
 
En tanto, el FMI decidió no seguir apoyando el proceso de 'blindaje' de la Argentina, con el cual pretendía mostrar una mayor capacidad de pago de sus vencimientos de deuda. Esto generó una rápida degeneración de la situación financiera del Estado Nacional.
 
 
La pérdida de recursos de los bancos empezó a poner en jaque a algunos de ellos. 3 importantes entidades empezaron a “teclear” hacia fines de noviembre. La respuesta del Ministerio de Economía fue avanzar con el “Corralito”, otro grueso error. Este restringió el retiro de efectivo de los bancos y, también, las transferencias al exterior. Sin embargo, al no afectar el uso de los fondos ni la moneda en la que estaban en las cuentas, no violentó la Ley de Intangibilidad. De todas formas, implicó un tremendo shock para la sociedad acostumbrada a un alto uso de pesos en efectivo. De pronto, se forzó una bancarización acelerada de la gente para poder disponer de los fondos que estaban depositados.
 
Fue el golpe de gracia a las posibilidades del gobierno de sostenerse en el tiempo. La gente empezó a protestar en las calles y la situación social aceleró su proceso de deterioro.
 
Algunos políticos opositores empezaron a incentivar el caos que había surgido espontáneamente y pronto la situación se desbordó.
 
El Presidente decidió declarar el Estado de Sitio; lo cual fue tomado por la sociedad como un innecesario avasallamiento de las libertades civiles y otra muestra de incapacidad.
 
Luego, ante el reclamo generalizado de la renuncia del Ministro de Economía, éste abandonó su cargo. Al día siguiente, su propio partido le hizo conocer al primer Mandatario que le retiraba su apoyo. Hubo un último discurso en el que llamó a la oposición a sostener su gestión y la responsabilizaba por la inestabilidad. Luego, la renuncia presidencial.
 
En medio de semejante crisis institucional, la credibilidad y las finanzas públicas entraron en el caos.
 
El Presidente electo por el Congreso de la Nación, Adolfo Rodríguez Saa, anunció ante la legislatura la imposibilidad de enfrentar la deuda pública y que dejaría de cumplirse con los compromisos existentes. Los diputados y senadores recibieron la noticia con aplausos y ovaciones, en un hecho digno de vergüenza nacional.
 
La inestabilidad política continuó y provocó otros recambios presidenciales, hasta que la legislatura nombró el Senador Eduardo Duhalde como Presidente. Éste había sido el candidato presidencial justicialista en 1999 y había perdido por su mensaje de devaluación y reestructuración de la deuda. En medio de la crisis, con los empresarios y políticos clamando por la salida de la Convertibilidad, presentó un proyecto de Ley de Emergencia Económica que implicaba la derogación de la Convertibilidad. Esta fue la forma de apropiarse de las reservas internacionales que estaban en el Banco Central para poder enfrentar el desfinanciamiento del Estado.
 
Lamentablemente, en los hechos esto implicó hacer quebrar al Banco Central que se suponía independiente y dueño de sus reservas, y con él a todos los que cobraban sus ingresos y tenían sus ahorros en pesos. Sin embargo, con esto no alcanzó para que el gobierno pudiera capear la cesación de pagos y ésta continuaría por 3 años más.
 
A esto siguió la necesidad de subsidiar a los empresarios endeudados en dólares "pesificándolos". Por supuesto, si los créditos en dólares que surgían de los depósitos en dólares que recibían los bancos se volvían pesos, los ahorros en divisas que estaban en las entidades debían transformarse a moneda nacional. *la gente se endeudaba en dolares porque era MAS BARATO  que hacerlo en pesos y hasta el día de hoy los deudores pesificados no pagaron la diferencia que hacían al endeudarse en dolares,"negocio redondo"=robo-
 
Así llegó el “Corralón” y basado en la Ley de Emergencia, el gobierno violó retroactivamente la ley de Intangibilidad de los depósitos por decreto, en una sumatoria de avasallamientos a la Constitución Nacional. Los depósitos en pesos y en moneda extranjera fueron reprogramados a mayor plazo y los últimos se cambiaron a moneda local mediante la 'pesificación asimétrica'.
 
La historia de terror institucional sigue; pero no es motivo de este archivo. Muerto el rey, viva el rey.
 
Esta crónica no significa una defensa de un determinado instrumento cambiario; ya que no creo que en cualquier circunstancia una determinada política sea mejor que otra. Lo importante es que sirva para aprender a que cada problema hay que solucionarlo en donde está. Hoy tenemos tipo de cambio flotante y, gracias a Dios, un gobierno que prioriza la solvencia fiscal pero solamente con ello no se garantiza el camino hacia el desarrollo.
 
Es más, si se profundizan las políticas intervencionistas y estatistas actuales, en un contexto de nula o mínima seguridad jurídica, no tendremos las inversiones suficientes y estaremos perpetuando la decadencia argentina de las últimas décadas.
 
Este es un servicio de Urgente24.com
 
 
CONTACTENOS

 
Busqueda