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Comentario sobre la barbarie de Gualeguaychú, "Capital Nacional del Atropello Prepotente"- 24-1-07
 
Opinión de un lector publicado en Urgente 24

  • Periódicamente aparece en los argentinos un extraño sustrato de barbarie, algún hecho de esos que no ocurren en otras partes del mundo. Es como si quisiéramos recordarnos a nosotros mismos que no somos civilizados ni serios del todo, o que no queremos anotarnos definitivamente en el mundo que lo es.

    Ya no se trata de las degollinas de las guerras caudillescas del siglo XIX o del rosismo. Ahora padecemos una violencia de pantomima, con menos tragedia que sainete. Para Víctor Massuh se trataría de una perversa “nostalgia del fracaso”.

    Para Rodolfo Kusch sería una pulsión de rebeldía abortada, de adolescente que rompe de una pedrada el cristal de la mansión paterna. Por momentos emerge en nuestra vida una violencia como de revolucionarios que tampoco quieren la revolución. Quedamos en patanerías, guarangadas y rebeldías sin causa.

    El año que empieza nos lleva a reflexionar sobre recientes episodios demostrativos de la vigencia de situaciones que van de lo grotesco a lo degradante.

    Lo ocurrido el 17 de octubre provocó en los hombres del Gobierno una de las horas más difíciles desde que asumieron el poder. Nunca se podría haber pensado de los argentinos que perderíamos un entierro. Tenemos una probada cultura tanática. Somos grandes veloristas. Por su importancia nacional e internacional Perón daba cómodamente para una segunda exequia.

    Cuando se planificó el laborioso traslado desde la Chacarita hasta San Vicente, nadie pensó que terminaríamos en un zafarrancho felliniano que rozó el ridículo a escala mundial (y que se evitó apenas). Somos apasionados en sepelios y tumulaciones desde las de Gardel e Yrigoyen hasta la incomparable de Evita, que mereció ser filmada en colores por la Fox, con difusión mundial.

    Se habían preparado desganadas pompas y mínima circunstancia. Un entierro (bis) que Perón habría criticado. Una caravana melancólica avanzó por la interminable autopista bajo el solazo. Se sabe que el Gobierno odia las formas y la marcialidad en todas sus expresiones. Aquello parecía un ensayo.

    Alguien que no leyó a Juvenal pensó que la fiesta del entierro debía quedar bajo la organización y custodia sindical. (Juvenal escribió aquel verso memorable: "¿Y ahora quién me custodia a estos custodios?")

    Dos grupos del paleosindicalismo, emergiendo de eras perdidas, desencadenaron su barbarie. Era la expresión del sindicalismo de Rolex y de cuatro por cuatro; de quincho con pileta y mucho tetrabrik y choripán, antes de alcanzar el sueño de la estancia propia.

    Llegó a la gobernación y a la Casa Rosada la noticia de que se habían trabado a garrotazos en nombre del orden. La televisión los mostraba semidesnudos, batiendo sus panzas en las correrías. Desgarraban las ramas de los paraísos donde en las noches de verano del 46 Perón explicaba a la arrobada Evita, a Subiza y a Jardín Heredia las teorías de Von Clausewitz y de Van der Gold.

    Los gordos de 2006 se fabricaban garrotes como escapados del cuaternario inferior. Destrozaron los cristales del Fiat del General. Robaron reliquias justicialistas. El gordo Madonna vació su cargador, por suerte apuntando. Sus letrados y él afirmaron que lo hizo para evitar un mal mayor. (¿Hasta cuántos cargadores tiene uno derecho en la Argentina en nombre del humanismo altruista?)

    Finalmente llegó la orden decisiva. La televisión y la gente vieron que la heterogénea y desganada caravana se detenía en la autopista detrás de la cureña. Como si Perón hubiese lanzado un rugido a través de la caoba dándose cuenta de que le habían robado las manos. Al General le había resultado más fácil instalarse en el más allá que ir de Chacarita a San Vicente llevado por su variopinta y mediocre sucesión. El Gobierno ante la batalla de los gordos comprendió que estaba en jaque.

    El Gobierno entró en la peor hora desde su asunción en 2003. ¿Retornar? ¿Adónde? A Olivos, otra vez a la Chacarita? ¿A la Recoleta? ¿Seguir y arriesgar el ataúd y el cadáver a la turba enardecida? ¿Podría el nombre de Perón mandarlos sosegadamente "del trabajo a casa"?

    Una decisión de retorno era llevar la ópera bufa a la difusión mundial. Avanzar con el cadáver de Perón y sumergirlo en la batahola también era una decisión casi de vida o muerte política.

    Finalmente un suboficial de la policía provincial recordó unos caminos de tierra. El General podría ingresar en su residencia de placer por la puerta trasera. Los últimos tramos parecían recordar al traslado de Lavalle muerto a través de la Puna, en el relato de Sabato.

    La pareja presidenciable escuchó con alivio que las aspas del helicóptero que los llevaría a la "fiesta" de San Vicente se iban deteniendo. Se habían salvado de un ridículo de la magnitud de un verdadero golpe de estado de la risa.

    * * *


    A esta bufonada sucedió, a los pocos días, la barbarie trágica de Misiones. Un gobierno más provinciano que provincial se sintió impune para la bajeza de humillar al humillado, de ofender al ofendido, en el más desvergonzado ejercicio de corrupción electoral.

    Los que lo hacían públicamente sabían que estaban comprando el hambre y la sed; la poca libertad y la mínima esperanza contra la papeleta del voto prostituido.

    Transformar la democracia en lenocinio electorero. Amoralidad mafiosa. Con la carne regalada en una bolsa de plástico iban las boletas del oficialismo, embebidas con sangre de res. Electrodomésticos, dentaduras postizas de plástico. Las manos tendidas de mujeres que creían en el crédito o en el cheque de mil pesos que las salvaría para curar al hijo, para comprar las chapas para el techo, para abrir un soñado quiosco de golosinas. Y el humillado y el ofendido se rebelaron contra la sonriente mafia del poder.

    Dijeron que no y despertaron a toda una Argentina dócilmente dormida en la asimilación indiferente de delitos de corrupción electoral sin que los autores recibieran intervención de justicia y la correspondiente pena.

    En este país donde la turba y los vándalos entran y salen pisoteando cotidianamente el articulado constitucional, nuestra principal batalla es contra esa barbarie que nos excluye del orden civilizado. Un extraño ritual, carnavalesco más que violento. No violencia, si no parodia de violencia. Grosera intimidación de todos los días.

    Prolifera un lumpen de desocupados y de vagos. Todos los días hay intimidaciones de bombo, escrache y barra brava. La minoría de estudiantes atrasados encaramados en la FUBA, insultando e impidiendo la institucionalización de la Universidad.

    Los padres que perdieron sus hijos en un terrible accidente amenazando de muerte a los jueces y eligiendo sus culpables, al borde de la ley de Lynch. Desde la cancha de fútbol hasta la universidad y los hospitales. Todo es furia, grosería e intimidación cobarde. País crispado y jueces entumecidos, inertes ante el atropello de cada día, como velando en silencio resignado el fin del Estado de Derecho.

    Estamos viviendo un tiempo extraño de miedo al orden, de permisividad equivocada. La fuerza del Estado, que manda la ley, no se aplica. El país se anarquiza y el Estado flota a la deriva mientras los matones de barrio y de villas desarrollan una violencia impune y cotidiana. Barrios enteros con miedo, matoneados, sin defensa de la fuerza pública inhibida.

    La ausencia del poder del Estado ante la intimidación piquetera en los cortes de rutas nacionales e internacionales, en la indiferencia ante la inseguridad y el crimen cotidiano, nos está poniendo fuera del centro de toda comunidad respetable: el Estado de Derecho.

    * * *


    Alegremente se impone la anarquía. ¿Es una parálisis de la voluntad de gobernantes que no se animan ni a garantizar la libre circulación de las calles o es que alguien tiene un plan de corrosión de valores e instituciones para crear una anarquía institucional para imponer su nuevo orden como un sueño trasnochado?

    Internacionalmente parecemos un pueblo de opereta. Por un lado llevamos el conflicto con Uruguay al tribunal supremo de La Haya; pero permitimos el ridículo de "apoyar" nuestra pretensión con los cortes de rutas y de puentes internacionales, delito real y cotidiano de igual o mayor magnitud que el de una contaminación virtual. Reclaman justicia y no respetan a los jueces. Cuando hablan de ética no la exigen de sí mismos. Todo reclamo va acompañado de una pedrada a la policía.

    Ante la violencia incontenida parecemos un país resignado, cobarde. Tenemos los brazos caídos, como esos griegos del poema de Cavafy, esperando a los bárbaros mientras conjeturan y disimulan la realidad charlando en el Foro.

    Entre el actualismo de los medios de comunicación y la dirigencia que prefiere disimular la dimensión trágica del vandalismo y la anarquía, la Argentina demora la decisión, la conciencia y la convocatoria nacional que exige esta enfermedad social, estas cotidianas recaídas en la seducción de la barbarie.

    El autor es escritor y diplomático, fue embajador argentino en España
    MARCELO DE CHUCRUT

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