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Usuario :    Democracia, capitalismo y populismo – 14-08-2009 . . .
 
 
 

Adapd pone a consideración este artículo para análisis y comentario de sus lectores.

 

Publicada 13/08/2009 en Economía para todos

Columnista invitado / Julio Crivelli

 

El mito de la redistribución sigue vigente en la Argentina y gracias a él somos cada vez más pobres. 

 

“Sarmiento el soñador sigue soñándonos.”

Jorge Luis Borges

 

En esta hora de fragor y confusión, urge pensar por qué llegamos hasta aquí y hacia adónde debemos ir.

 

Los argentinos tenemos una vieja pelea con la democracia y el capitalismo, los dos pilares de la sociedad occidental. Dicha pelea, que arranca en 1930; en la "hora de la espada" y el "derecho de la revolución triunfante," se fue profundizando hasta embarcarnos en una estructura populista y nacional-socialista, que hasta el día de hoy infecta la mente de los argentinos.

 

Desde 1930; Argentina vivió gobernada por civiles y militares, que, salvo algunas excepciones, despreciaban la democracia y el capitalismo.

 

El "fraude patriótico", el Grupo de Oficiales Unidos, el primer Perón, con su creencia en el totalitarismo, los golpes militares posteriores a 1955, todos quisieron y tuvieron la suma del poder.

 

Después de la restauración de las elecciones populares en 1983, los presidentes ansiaron la reelección y la suma del poder. Desde la presidencia de Alfonsín que estamos en "emergencia constitucional" y sucesivas leyes de emergencia han degradado el sistema republicano, hasta los límites de su existencia.

 

Como se ha dicho, la quiebra de 1930 no sólo alcanzó a la democracia, sino que destruyó también a su correlato, el capitalismo, el otro pilar de Occidente.

 

Desde 1930 aparecen las “Juntas Reguladoras”, que empiezan a intervenir en la economía y se avanza “combatiendo al capital”, como se dirá más tarde.

 

Nace entonces el mito de la “redistribución de la riqueza”. Según este cuento, la riqueza no es un desafío de cada uno, que debe crearse con el trabajo y la inteligencia, sino que es algo que ya existe, que injustamente poseen otros (el capital) y que el Estado debe tomar para repartir.

 

El mito de la redistribución sigue vigente en la Argentina y gracias a él somos cada vez más pobres.

 

Desde 1946; se estatizan todos los servicios y la producción básica y se regulan todos los precios de la economía interna y el comercio exterior, siguiendo el modelo del fascismo, cuando en todo Occidente regía el capitalismo impulsado por la victoria aliada en la Segunda Guerra. Argentina ha permanecido en el estatismo (“combatiendo el capital”), durante 70 años !!! marginando al sector privado y despreciando las inmensas posibilidades de nuestra educación y nuestra naturaleza.

 

Setenta años de desinversión, de empobrecimiento, de dirección estatal de la economía, que en lugar de crecer con la creatividad del sector privado, ha sido ahogada por burócratas e iluminados, que ejercían el poder desde el Estado.

 

El supuesto intento de los 90 de volver al capitalismo, en el cual se creyó con fervor después de años de prédica estatista, fue bastardeado por la convertibilidad idolatrada al servicio de la re-reelección y la corrupción, que infectaron toda la década.

 

A partir de 2001, Argentina en crisis, reivindica sus bases populistas y nacionalsocialistas, enemigas de la democracia y el capitalismo.

 

En un raid impresionante se otorgan nuevos poderes de emergencia, se anula la separación de poderes, sometiendo a los jueces, se adjudican facultades legislativas al ejecutivo (suma del poder público) y se elimina el federalismo.

 

Se repudia la deuda interna y externa, se interviene la economía con precios y tipo de cambio regulados. Se estatizan los servicios públicos o se regulan sus tarifas, se regulan las exportaciones con retenciones y prohibiciones.

 

En menos de 5 años la economía argentina estaba tan estatizada y cerrada como en 1970.

 

La situación actual

 

Los argentinos nunca entendimos el profundo significado de la caída del muro de Berlín. Nunca aceptamos que desde ese momento, sólo quedó en vigencia el modelo político democrático y su correlato necesario, el modelo económico capitalista y que los populismos no pueden especular más con terceras posiciones.

 

En el mundo de hoy tanto la izquierda como la derecha son democráticas y capitalistas cumpliendo los paradigmas de Occidente.

 

Argentina debe ser uno de los pocos países que cuestiona el capitalismo. En el resto de los países de Occidente se piensa cómo profundizarlo y mejorarlo. Argentina es un país insólito, que en medio de la crisis global prohíbe exportar, usa los fondos de los jubilados que estatiza para compensar el gasto público y ahoga con precios regulados a la producción y los servicios.

 

Mientras el mundo es cada vez más capitalista, Argentina es más estatista. Lo peor y lo más grave es que el Estado Argentino ha demostrado ser ladrón y tramposo, incapaz de prestar servicios elementales ni de cumplir los contratos. Pese a ello persistimos en estatizar.

 

Otro tanto sucede con nuestra democracia, sometida al clientelismo y al movimientismo.

 

Los "movimientos" fueron creados por el pensamiento nacionalsocialista, antidemocrático y anticapitalista para combatir y absorber a los partidos políticos, que con su plataforma de ideas, sus programas representaban un enorme obstáculo para el totalitarismo.

 

En cualquier lugar del mundo, los "movimientos" son vergonzantes porque evocan el fascismo. Pero en Argentina de hoy, nos enorgullecemos de tener "movimientos" y "espacios" que sin plataforma ni estructura, dependen de la voluntad de un líder y pueden virar hacia cualquier signo, que nada garantizan a nadie y que son meros instrumentos para la toma y ejercicio del poder absoluto.

 

Una vez más, la democracia y el capitalismo están en bancarrota en la Argentina.

 

Reconstrucción

 

No es la primera vez que nuestro país enfrenta la desorganización, la derrota y la necesidad de cambiar.

 

En 1853, después de décadas de guerra civil y dictadura, poco se podía esperar de Argentina, un país remoto, pobre, despoblado y analfabeto, sin las técnicas elementales para el trabajo de la tierra. Sin embargo, en poco tiempo más, Argentina era una esperanza de Occidente y estaba mucho más desarrollada que Brasil y México, los dos grandes de la cultura y el desarrollo de Iberoamérica.

 

Esto sucedió porque los argentinos entendieron profundamente cómo era el mundo en que les tocaba vivir. No se pusieron a discutir si ese mundo era bueno o malo, mucho menos a impartir lecciones o a aliarse a dictadores exóticos.

 

Era un mundo con graves injusticias, pero signado por un avance paulatino hacia las instituciones democráticas y el capitalismo, con una marcada división del trabajo que Argentina podía aprovechar. Argentina entendió profundamente la democracia y el capitalismo. Inició una carrera para organizar sus instituciones, para desarrollar su infraestructura de trasportes y comunicaciones, traer inmigración para poblar y producir, para educar y curar universalmente. Y tuvo un éxito singular, convirtiéndose en una tierra de promisión, que podía dar educación y trabajo a cientos de miles de inmigrantes que llegaban todos los años. La clave fue la enorme entrega de la dirigencia que abandonó los privilegios que pudo haber defendido.

 

Argentina igual que en la época de la organización nacional, debe reincorporarse al mundo, abandonar las alianzas con dictadores, entender que Occidente es cada vez más democrático y capitalista y que Argentina puede tener un lugar destacado en la globalización siempre que abandone el populismo político y económico.

 

Debemos resolver el problema de la deuda repudiada y el aislamiento institucional y económico, restaurar la republica que hoy esta anulada por una maraña de normas disparatadas.

 

Liberar las fuerzas del campo, de la industria, de los servicios, ingresar a la economía del conocimiento, obligar para siempre al estado a cumplir sus contratos, desde los jubilados, hasta los servicios públicos, para que todos confiemos e invirtamos nuestro esfuerzo en Argentina.

 

Reponer al mérito como la gran guía de los argentinos, terminar con el estado tramposo, para que no sigamos ahorrando en el exterior como si no tuviésemos patria.

 

En suma, restaurar la democracia y su correlato el capitalismo.

 

Para la reconstrucción de hoy sólo hace falta seguir la guía de ayer. Es aún más fácil. Depende una vez más del patriotismo de la dirigencia. El mundo nos espera.

 
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