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Frente al atraso del cambio, ¿invertir o no invertir? – 4 mayo 2010

 

Por Orlando Ferreres - Especial para lanacion.com

 

 

Cuando el tipo de cambio estuvo muy atrasado en la Argentina, buena parte de nuestros empresarios (no todos) vendieron sus empresas y se dedicaron a las inversiones meramente financieras de renta. En Brasil también se verificó un atraso cambiario en los últimos años, pero los empresarios de allá tuvieron una actitud distinta.

 

Obtuvieron fondos vendiendo parte de las acciones de sus empresas en la Bolsa o emitieron bonos, y con la liquidez obtenida compraron empresas en países donde estaban baratas, como es el caso de la Argentina y otros países. Así se convirtieron en empresarios de clase mundial. Siguen siendo empresarios, pero con nuevas tecnologías, nuevos conceptos de management, nuevas dimensiones de marketing, con riesgos mas diversificados por estar en varios países. Son dos actitudes diferentes frente al mismo problema.

 

Nosotros aplaudimos el default, es decir la viveza criolla de negar las deudas o compromisos anteriores, pero al mismo tiempo destrozamos nuestro futuro.  Brasil, al cuidar sus compromisos y superar el populismo, hoy es creíble y sus empresas valen 12 veces las ganancias, antes de impuestos, amortizaciones e intereses (doce veces EBITDA). En tanto que en la Argentina las empresas valen solo cinco veces sus ganancias, haciendo el mismo cálculo.  ¿Quién es mas vivo?

 

¿Empresa grande o Pyme? Las dos. Hoy "competitividad es tamaño", especialmente en manufactura y logística, es decir, en todo lo que es producción de bienes y su traslado. Brasil apostó al tamaño, a la empresa grande, de clase mundial. Como ejemplo: los frigoríficos de aquel país, crecieron y se compraron los más grandes frigoríficos de la Argentina (Swift y Quickfood), los más importantes de Australia, las cadenas de distribución en Europa y en Estados Unidos y hoy tienen el control del mercado mundial de carnes. Es como si nosotros manejáramos el mercado mundial de café.

 

Nosotros apostamos a la pyme, casi todos hablan de la pequeña y mediana empresa como la panacea de la producción argentina y descuidamos completamente a la empresa grande. Y no solo el Gobierno, también las creencias más arraigadas de la población van en el mismo sentido: ganar dinero aquí está mal visto, en tanto que en Brasil es un orgullo nacional que a alguien le vaya bien.

 

Por otro lado, Brasil no entró en esa falsa dicotomía empresas grande vs. empresas pymes. Consideran al sistema productivo como un sistema ferroviario: el estado asegura la infraestructura (las vías) y da las señales adecuadas (créditos a largo plazo a tasa internacional, promoción), la locomotora son las empresas grandes y los vagones, gran cantidad de vagones, son las pymes brasileñas. Así todo anda armónicamente y crecen muy bien. Nosotros queremos hacer andar los vagones, pero sin locomotora: no va a andar, no va a funcionar.

 

Alguien tiene que arreglar esto, ¿quién? "Yo argentino". Una observación: el empresario brasileño siempre invierte, siempre crece, eso le da más autoridad moral, ya que permanentemente aumenta la ocupación. Una segunda observación: el empresario argentino ha tenido que aguantar la" inflación cero de Gelbard", el "Rodrigazo" posterior, la "tablita" de Martínez de Hoz, la "maxidevaluación" de Sigaut y otros, la "guerra de Malvinas" y el "default" posterior del gobierno de 1982, la "hiperinflación" de 1989, el "plan Bonex" de 1990, el atraso cambiario de la "convertibilidad", la pesificación, devaluación y la híper recesión de 2002. Todo esto fue mucho para el empresario, que necesita condiciones tranquilas para organizar rutinariamente la mayor productividad.

 

Queremos que nuestro país cambie. Pero si sos joven y no te involucrás, no hay cambio posible. Las cosas no ocurren solas. Los empresarios también deben cambiar, no puede ser que se acomoden a cualquier cosa y después digan que ellos tienen que sobrevivir, que tienen que aceptar lo que deciden los políticos.

 

Recuerden que al arrancar el gobierno de Alfonsín la pobreza alcanzaba al 3 o 4 % de la población y que hoy se calcula realmente en 34%. Me siento avergonzado de que eso ocurra en mi país, y justo ahora que es el momento para festejar el Bicentenario, para hacer un balance de 200 años de vida de nuestra patria ¿Qué pienso? Que igual hay que festejar, pues la constancia de las ideas y de las intenciones para ponerlas por obra, vence a la adversidad y seguramente superaremos los malos momentos que han durado demasiado.

 

 

 
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