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Falsa modernidad de la progresía y sus estragos en el Derecho Positivo

Relaciones Internacionales.
©Teresita Dussart. Todos derechos de propiedad intelectual y reproducción protegidos
El populismo y sus mayorías en los países donde ha logrado gobernar ha transformado el Derecho Positivo introduciendo normas jurídicas en concordancia con su ideología. En Europa hay que remitirse a la primera mitad del siglo XX, la subida del nacional socialismo electo y el fascismo para representarse lo que un mal gobierno puede imponer como legitimidad jurídica para la aplicación de su programa de exterminio. En Argentina, la experiencia kirchnerista durante la década pasada creó las condiciones de un laboratorio in vivo para evaluar de los efectos a largo plazo de la distorsión de la norma jurídica. En un clima de hiperbolización narcísica, por una sociedad atravesada de un brote psicótico se pudo confundir lo que es una norma y obviar la función que cumple.

La norma jurídica sirve a dos cosas: asentar derechos e imponer deberes. El populismo hizo creer que la norma jurídica podía servir para inventar derechos. Y así generó el matrimonio igualitario no como elección individual sino con rango de “Derecho”. De la misma manera purgó de su Código Civil la esencia misma de esa sociedad tan compleja como lo es el matrimonio, defenestrando el concepto de adulterio en su condición de ilícito. Lo hizo por dogmatismo populista en nombre de una falsa moral impostada, sobre todo no por libertinaje que hubiese sido mejor motivo.

Los efectos de esa disrupción en la producción de la norma, alimentadas por el odio hacia todo lo que se resistió a ser parte de la realidad aumentada populista se medirán en las próximas décadas. Es una experiencia para tomar en cuenta urbi et orbi. No es solo argentino. Los partidos tradicionales de la socialdemocracia tienden a ceder el paso, por incapacidad de adaptarse a los desafíos de su tiempo ante nuevas formaciones populistas. Las nuevas generaciones de políticos suelen ser menos profesionales, atípicas, cuando no antisistema. Basta ver en Argentina los nuevos diputados o senadores jurar sobre el tótem que se les antoje sin miramiento hacia los símbolos republicanos y el decoro institucional.

“Juro por Néstor, por River o por Avellaneda”. Esa gente vota leyes y son los padres del Derecho Positivo que se aplicará en materia, civil, penal comercial. Su desapego al Derecho natural va a la par de sus graves carencias no solo jurídicas, filosóficas, sino humanas. La calidad de los representantes del pueblo para legislar es tal vez el desafío más crítico para la democracia en las repúblicas populistas y no tan populistas.

Desde la monogamia bíblica, hasta el Derecho Napoleónico que se ha extendido a todas las sociedades occidentales, el matrimonio ha cruzado varias edades: la Lex Iulia de Adulteris Coercensis; el Amor Cortes renacentista, luego la introducción del divorcio por la Reforma Protestante (no como libertad sino como “castigo” puesto que se trataba de un reciclaje de la repudiación bíblica), llegó el libertinaje del siglo XVIII, troyano de las primeras luchas por los derechos individuales del siglo XIX y, finalmente las profundas transformaciones sociológicas de la familia y de la mujer en el siglo XX.

En toda esa historia tan compleja, lo más importante de la herencia del Derecho Romano no fue adulterado, no hasta llegar al milenio de la post verdad y postmodernidad. La esencia jurídica del matrimonio surge no de un derecho como lo intentan proclamar algunos que se sirven de esa institución para prescribir nuevas leyes instrumentales a particularismos. El matrimonio ha sido durante más de XX siglos un contrato. Se contraen nupcias. Es su razón de ser. No es ni siquiera un sacramento. Eso llega más tarde. Es un contrato. La forma sacramental del matrimonio aparece muy tarde en la Iglesia católica, con el Concilio de Trento.

Los principios de respecto, fidelidad, mutua asistencia que se enuncian durante la ceremonia civil o religiosa de casamiento no son sino la caja de resonancia de una prescripción histórica cuyo fin es asegurar la conservación, nutrición, procreación y todos instintos de vida que desde Cicerón, pasando por el tomismo hasta Thomas Hobbe en su Leviatán se consideran como necesarios al ordenamiento de los instintos humanos y a su vez factores de lucha contra la arbitrariedad. No son principios propios a una sociedad conservadora. Están perfectamente ajustados a la modernidad y lo estarían dentro de mil años. Son los principios rectores de una civilización acuñada por la empatía.

El Código Civil kirchnerista, para muchas mujeres pobres es equiparable a la repudiación bíblica o al “se fue a comprar cigarrillos y no volvió”. Es un auténtico retroceso.

Cuando el Derecho positivo en manos de un poder populista, en este caso el kirchnerismo, hace votar un set de leyes que transforman en profundidad las prescripciones del contrato matrimonial se genera una disrupción antropológica. Los principios que se imponen son los de la ley injusta que contraviene a la condición humana. “Una ley injusta no es ley, sino violencia”, dice San Agustín. La única forma de imponer leyes que van contra la condición humana es de imponerlos como dogma, alegando de una nueva moral. La moral progre. Llamar señora un señor, considera el adulterio como el nuevo normal. Pero nada de todo eso puede hacerse sin profundizar la difracción con la realidad, porque la definición misma de la moral es la valoración normativa de una costumbre. La norma juridica populista exige vivir en el como si. Es un salto hacia el transformismo general.

El matrimonio entre personas de un mismo sexo, por más tolerado que sea, no se inscribe en el abanico de usos y costumbres de ninguna sociedad humana. Es la diferencia entre el Ser (Sein) y el Desear Ser (Sollen) neokantiano. Se quiere imponer el hombre nuevo de la progresía, creador en tiempo real de sus tablas de la ley acorde a sus deseos más escabrosos. Eso no se hace sin caminar sobre cadáveres. Hacer de una ley no natural una convención, necesariamente exige autoritarismo y de un arsenal de sanciones para los recalcitrantes a la naturalización de lo antinatural. Aristóteles considera como Derecho Natural “aquello que en todo lugar tiene la misma fuerza”. Es decir aquello que no deriva de consideraciones culturales sino del principio de inmutabilidad. Los tabúes fundadores de la sociedad humana no derivan de un dogma (moral impostada) sino de las necesidades de preservación de la especie. El Derecho de gentes es naturalmente ecológico.

La norma jurídica solo puede hacer dos cosas: una es imponer deberes otra es conferir derechos. Si la fidelidad no es deber, la traición es derecho. Si la traición es derecho, el contrato muere, porque no existe un solo ámbito contractual donde dos partes puedan pactar eximidas del consenso ilustrado (conocimiento de las normas) y de la mutua confianza. El derecho a la traición impone una violencia psicológica que es de pasar bajo silencio el legítimo sufrimiento, ante la deslealtad naturalizada. De ese punto de vista la erradicación de una noción tan consuetudinaria como el abandono de hogar del Código Civil kirchnerista, para muchas mujeres pobres en Argentina es equiparable a la repudiación o a la restauración del síndrome “se fue a comprar cigarrillos y no volvió” sin reparación posible. Es un auténtico retroceso.

La ley sirve a encuadrar el contrato. El Derecho Romano surge en una aceleración de las luchas entre plebeyos y patricios en el siglo Va C. exigiendo la codificación de las costumbres en tablas de Ley para poner fin a las arbitrariedades. La costumbre precede la Ley, como el lenguaje precede el hombre. Invertir ese orden es ir contra la condición humana. Las profundas mutaciones del Código Civil argentino en la década pasada generan una etología cuyos efectos se medirán con el paso de los años. Inventar derechos, sustraer deberes fue jugar a aprendices de brujos. Es ya significativo que las parejas recurran cada vez más al escriturar contratos para compensar el vaciamiento de obligaciones del contrato civil, tal como deconstruido por el nuevo corpus del Ley. Si el contrato deja de ser coercitivo, si deja de garantizar esos tres ejes que hacen al derecho ontológico que son justicia, utilidad y seguridad, se inicia algo que solo puede ser involutivo.

Ese contrato llamado matrimonio, ha sido el garante de una extraordinaria evolución, única y exclusivamente por su apego antropológico a las sofisticadas necesidades de la especie.
 
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